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PARTE I: Antes de la Tormenta

Si van a tener un desastre,
Mi consejo es: ¡tengan uno grande!

Ex funcionario del gobierno de los EE.UU.
Ante al público de una conferencia en 2015

Capítulo 1 –
De un Desastre a Otro:
La Vulnerabilidad de una Súper Potencia

Tres grandes desastres marcan la historia reciente de los Estados Unidos:

  1. Agosto de 1992: El huracán Andrew, una tormenta de categoría 5, golpea la costa urbana del sur de la Florida con vientos de 240-280 kilómetros por hora y oleajes de más de cinco metros. Continúa hasta Luisiana, y en su estela deja 65 personas muertas, un cuarto de millón sin hogar y 1.4 millones sin electricidad. 600.000 viviendas/edificios son destruidos/dañados. Se crean casi 33 millones metros cùbicos de escombros. Los daños ascienden a $26.5 mil millones (dólares de 1992). La industria local de seguros no sobrevive. El estado de Florida (es decir, sus contribuyentes) interviene para llenar el vacío. En sus secuelas, los códigos de construcción se fortalecen y se establecen algunos de los más altos estándares para la resiliencia de huracanes en el mundo.
  1. Agosto de 2005: 13 años después, el huracán Katrina, una tormenta de categoría 4, golpea la costa urbana de Luisiana y sus estados vecinos con  vientos de 190-230 kilómetros por hora y oleajes entre seis y nueve metros. Le siguen en cuestión de semanas  los huracanes Rita y Wilma. En su estela, 1.836 personas mueren, 300.000 viviendas/edificios quedan destruidos/dañados, más de 90 millones de metros cúbicos de escombros se generan y los daños ascienden a  $108 mil millones (dólares de 2005). El gobierno federal de Estados Unidos (es decir, los contribuyentes) interviene para pagar las cuentas. Los códigos de construcción se actualizan a lo largo de las comunidades costeras, pero no de manera consistente.
  1. Octubre de 2012: Siete años más tarde, el huracán Sandy (categoría 1) golpea las densas áreas metropolitanas de Nueva York/Nueva Jersey con vientos de 130-160 kilómetros por hora y un aumento de más de cuatro metros en el nivel del mar. 286 mueren, 300.000 viviendas/edificios son destruidos/dañados, y 8,5 millones de personas quedan sin electricidad. Sandy crea más de 15 millones de metros cúbicos de escombros e inflige $68 mil millones (dólares de 2013) en daños y perjuicios. Una vez más el gobierno federal paga la factura. Los códigos de construcción se actualizan nuevamente.

En total, estos tres eventos mataron a 2.187 personas, destruy-eron/dañaron 1,2 millones de casas edificios, costaron $250 mil millones (dólares de 2014) y crearon casi 140 millones de metros cúbicos de escom-bros. Este costo no incluye las pérdidas económicas indirectas (la produc-tividad, los ingresos, la salud, etc.). Solo con los restos se podrían llenar un vertedero del tamaño de 3.000 campos de fútbol americano con cuatro pisos de profundidad.

Lo más alarmante es que toda esta destrucción se produjo en tan solo dos décadas, en tan solo el cuarto oriental de los Estados Unidos y de un solo tipo de peligro. El entorno construido falló en una escala que no debería haberlo hecho. Su Capacidad de Resiliencia resultó ser baja. El botón de pánico fue presionado varias veces solo para revelar que la Capacidad de Respuesta a Emergencias también era deficiente.

De acuerdo con la Agencia de Estados Unidos Federal para la Gestión de Emergencias (FEMA, parte del Departamento de Seguridad Nacional), durante las últimas cuatro décadas el número total de declaraciones de desastre se ha más que duplicado.

2005-2014  631
1995-2004 529
1985-1994 314
1975-1984274

Un número de factores están detrás de esta escalada, pero está claro que los EE.UU. se ha vuelto más propenso a los desastres. Si la nación más construida y desarrollada es tan vulnerable, ¿qué tan preocupado debería estar el resto del mundo?

La ONU estima que el costo anual medio global de los desastres ha alcanzado los $300 mil millones y está creciendo. Solo alrededor de una cuarta parte de esta cantidad está en realidad asegurado. Esta cifra supera el PIB de 80% de las economías del mundo. Si se convierte en un impuesto sobre el crecimiento anual del PIB mundial, sería igual a 12%.

Los tres eventos mencionados anteriormente solo forman la punta más visible del ‘iceberg del desastre’ de los EE.UU. Si se revisan los tornados, la conclusión es similar. Si se examinan las inundaciones, es la misma historia. Invertir hizo de los EE.UU. una superpotencia, pero en lo que respecta a la inversión en resiliencia a los desastres naturales, los EE.UU. parece haberse ‘construido’ una esquina vulnerable para sí mismo.

Su exposición relativa se puede ver en esta revisión de diez años (2000-2009) por Asistencia Humanitaria Mundial, que enumera los diez países con poblaciones más afectadas por los desastres naturales:

1. China1,321 millones de personas impactadas
2. India602
3. Bangladés73
4. Filipinas53
5. Tailandia44
6. Pakistán33
7. Etiopía29
8. Vietnam22
9. EE.UU.21
10. Suráfrica15

Las anteriores representan el 90% de las poblaciones mundiales afectadas por los desastres durante este período. Los EE.UU. es el único país desarrollado que aparece en la lista. En términos de población afectada específicamente por los desastres de inundación, los EE.UU. ocupó el quinto lugar en el mundo y de nuevo fue el único país desarrollado.

Sin embargo, el registro es aún más grave cuando los mismos países se clasifican por el costo económico de los desastres. Los EE.UU. es el #1.

1. EE.UU.353 mil millones (Dólares estadounidenses)
2. China206
3. India26
4. Pakistan17
5. Etiopía9
6. Bangladés6
7. Vietnam6
8. Filipinas3
9. Tailandia2
10. Suráfrica1

Estas representaron el 61% del total de las pérdidas de desastres a nivel mundial. Las pérdidas estadounidenses excedieron la suma de los nueve países restantes combinados. Por supuesto la inversión de Estados Unidos y la intensidad de la riqueza son mayores, pero se esperaría que el nivel de inversión vendría con un nivel de durabilidad mayor. Por desgracia, gran parte de ella no lo tiene.

Esta magnitud de pérdidas por desastres podría parecer asequible para los estadounidenses (mientras la deuda pública aumenta), pero sin duda sería insoportable para el resto del mundo. Este desarrollo es claramente insostenible. Mientras que los EE.UU. puede no servir como el modelo a seguir para el desarrollo resiliente, puede formar un mejor un ejemplo de cómo no se debe desarrollar. El desarrollo no resiliente es muy costoso, también desperdicia valiosos recursos naturales y carga al medio ambiente con enormes desechos asociados al desastre. Hasta el momento, el movimiento verde parece haber ignorado esto.

El objetivo aquí no es propinar una paliza a los EE.UU, sino aprender de su experiencia y no repetir sus errores. ¿Qué pueden hacer las naciones (y los EE.UU.) hacer de manera diferente para que su desarrollo sea más resistente a la destrucción (es decir, invertir en Capacidad de Resiliencia)? La respuesta requiere el análisis de las causas de la vulnerabilidad. Por lo tanto, vamos a explorar el modelo de desarrollo de Estados Unidos con la intención de extraer estas lecciones.

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